Sólo 1000 palabras. Reflexiones de una antropóloga en chancletas

Estamos a mitad de 2020 y, sin embargo, parece que estuviera por arribar el inicio de un nuevo año. Se esfumó un semestre de stand by, como unas vacaciones larguísimas pero sin la paz y el sosiego que las vacaciones suelen aportar. Medio año de angustias y miedos para la mayoría del mundo. Y “mundo” no es una metáfora. Literalmente todo el planeta está en jaque.

Los primeros en entrar en crisis fueron los asiáticos, fundamentalmente los millones de habitantes de China, país continental donde habría iniciado, a fines de 2019, la expansión global de una nueva peste provocada por un nuevo Corona Virus (el CoViD-19).

Iniciado 2020, la onda expansiva llegó a Europa. Primero llegó el virus y los primeros contagiados. Después llegó la onda de miedo, la difusión mediática de información y desinformación, la diseminación obscena de opiniones de toda calaña, los tironeos entre los agentes del poder político. Perversamente, parecía que un exceso de democracia en el hemisferio occidental conspiraba contra la seguridad sanitaria de sus poblaciones, mientras que el centralismo autoritario y una cultura que mal conocemos nos servía de explicación, sea para el supuesto éxito de las políticas de contención del contagio, sea para asignar culpas por la expansión del virus.

América (el continente, no el país del norte que usurpa el nombre) tuvo un respiro de casi un mes respecto de Europa, si no en relación al arribo de contagiados, seguramente en relación a la difusión de discursos contradictorios y disputas novelescas entre agentes políticos, comunidades científicas y medios de comunicación que la mayor parte de las veces harían bien permaneciendo en silencio.

Diversas criticidades quedaron expuestas con la llamada “emergencia CoViD-19”. Huelga enumerarlas aquí, pues todas fueron abordadas con mayor o menor lucidez por intelectuales de diversa laya (charlatanes de redes sociales, pop stars televisivos, prestigiosos filósofos y científicos sociales que no resistieron a la tentación de sumar sus voces al rumoroso coro).

El periodismo de investigación fue escaso. Encontrar sus exiguos productos se convirtió en una misión necesaria para no sucumbir a lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) nominó como “infodemia”. Los más encumbrados filósofos arriesgaron sus cucardas con reflexiones a veces superfluas. Estas eran probablemente las únicas posibles en medio al vértigo, cuando de una semana a la otra se trastocaban las certezas apenas adquiridas sobre el comportamiento del virus y aquellas que intentaban imponer comités de crisis, ministros y presidentes. Sobre los gurús emergentes tuve pocas noticias sólo porque mis redes de contactos, virtuales y presenciales, son demasiado restrictas por mi terquedad social.

Antes de la CoViD-19 había escrito algunas líneas destinadas a una narrativa autobiográfica con destellos sociológicos. Jamás podría llamarla auto-etnografía, aunque  las marcas de mi profesión acechan detrás de semejante emprendimiento. No creo que mi biografía sea interesante en sí misma, visto que la profecía de mi papá de que me convertiría en una mujer importante para mi país o para el mundo no se cumplirá. Sin embargo, de un punto de vista sociológico podría ser digna de análisis.

La pereza intelectual me impide llevar este análisis hasta el fondo. La solución de compromiso es una biografía atravesada por disquisiciones socioantropológicas sobre el momento histórico en el que me tocó crecer, el lugar social que mis padres pudieron elegir en aquel momento y la construcción de una conciencia política, a caballo entre los últimos latigazos de la Guerra Fría y la instauración de una “nueva” globalización, en la que los conflictos se nominan “culturales” y todo parece reducirse a una cuestión de “identidades”.

Durante la emergencia CoViD decidí que no debía dejar pasar la oportunidad de escribir sobre la crisis en curso. Tiré unas cuantas líneas, a modo de hipótesis a perseguir. Pero pronto sucumbí en el mar de información, me desilusioné con las minutas filosóficas ya mencionadas y día a día presencié cómo cada tópico en el que estaba pensando era levantado aquí y allí por otros autores. Visto que la redundancia era parte de la crisis y que algunos de los productos de mis colegas de viaje eran mucho mejores de cualquier cosa que yo fuera capaz de producir, abandoné esta empresa.

Resta poco por decir. No creo que la repetición ayude a cambiar de idea a los tomadores de decisión de las altas esferas. No mucho. No tanto. Y sin embargo, la circulación de algunas ideas entre los ciudadanos de a pie, los que cotidianamente debemos hacer con las decisiones de los altos mandos, podría contribuir si no a una camaradería de pensamiento, al menos al entretenimiento... y, quién dice que no, a un hacer diversamente con aquello que nos llueve desde las altas esferas.

Y nace así “Sólo 1000 palabras”, que son ya muchas. Un nuevo desafío, descendiente indirecto del mundo de las tesis y disertaciones, de las lecturas de 300 a 400 páginas para encontrar una idea que acabará embutida, junto a tantas otras, en un máximo de 15 páginas, para dar cuenta de todo un fenómeno. Ni que hablar de la “venta” de las 15 páginas, que debe hacerse a distancia y por escrito en un máximo de 500, a veces 250 palabras. Es decir, el ejercicio del resumen enviado a colegas de profesión que deben casi adivinar en unas pocas líneas todo una artesanía intelectual con pretensiones de interpretación de la realidad.

De la educación y de la vida en ciudades, de las políticas emergenciales y de las construcciones políticas de emergencia, de la Europa que parece haber olvidado “el problema” inmigratorio y se confronta con el de la falta de mano de obra para recoger los frutos de su intensificada producción agrícola... de transculturalidad y bilingüismo, o tal vez, de cómo la desigualdad de género afectó a quienes además de intelectuales somos madres... de estas o de otras incomodidades autobiográficas trataré periódicamente en sólo 1000 palabras.

Comentarios

  1. ¡Bienvenida esta inauguración, Mabel querida! Vuele bajo, vuele bajo, porque abajo está la verdad. Eso es algo que los hombres, no aprenden jamás", recita Facundo Cabral. Una fiesta, seguir tu escritura literaria, gracias por invitarme. Salú, Amiga.

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    1. Gracias, bienvenida!!! Bajo y en lengua madre... ciertos insight sobre una vida multilingue se hacen presentes ;=)

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  2. Feliz aniver, um novo ciclo com estas reflexões que nos perpassam no cotidiano. Bom te ler. Um abraço.

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  3. Quedo a la espera de más incomodidades. ¡Gracias!

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  4. Al final del día (después de "obtener" una "formación") lo que uno hace es dirigir la linterna hacia los ángulos más oscurecidos. Gracias y a seguir iluminando :)

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  5. no se saque esas chancletas reflexionadoras, siga escribiendo Chìa Meibel.

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  6. Aguardo las próximas 1.000 (y sucesivamente). Un abrazo y gracias

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  7. Abrazos Mabel, gracias por compartir y muy feliz cumpleaños

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