Sólo 1000 palabras. Escuela, educación y pandemia
La “emergencia CoViD” evidenció,
entre otras, las inconsistencias de la organización social de la educación, al
menos en gran parte del llamado Occidente.
En muchos países del hemisferio
norte los centros escolares fueron bruscamente cerrados ya iniciado el segundo
cuatrimestre lectivo. En países como Italia se suspendió definitivamente el año de
cursada. En el sur principiaba el año escolar cuando la pandemia desembarcó
allí.
El retorno a las aulas (real o
proyectado) alimenta sendos debates, amplificados y distorsionados por los mass media. Algunos puntos de estas
discusiones resultan irritantes y remiten a problemas preexistentes.
Intentaré relevarlos en chancletas, dejando los sesudos análisis
socioantropológicos a mis colegas.
Situaré mis enunciaciones. Escribo
desde el norte de Italia, donde vivo y donde trabajé en escuelas, poco antes de
su cierre. Cargo una escolaridad vivida en Uruguay y una carrera profesional dividida
entre el sistema universitario público uruguayo, único y otrora centralizado, y el
sistema universitario múltiple y disperso del Brasil. El aula, como lugar institucional y como espacio de prácticas cotidianas, me constituye
profundamente y con aportes asaz diversos.
El primer enunciado que quiero
instalar reza que la escuela no es la institución que debe “cuidar” a los
infantes mientras se trabaja. La escuela moderna nace como encargada de
transmitir las pautas culturales hegemónicas a los “recién llegados”, de
formarlos para la vida social, para que sepan ocupar su lugar en sociedades
estratificadas y desiguales.
La mercantilización del trabajo de
las mujeres, otrora exclusivamente madres y cuidadoras, desplazó parte de los
cuidados infantiles hacia la escuela. La extensión de los tiempos
de la infancia y la adolescencia hizo que también la escuela secundaria se haya convertido en depositaria de la contención y supervisión de niños,
niñas y adolescentes, mientras sus adultos producen para el mercado.
En las grandes ciudades de los
países periféricos, la desigualdad refuerza la desposesión material y el desplazamiento
hacia áreas excluidas de la oferta cultural "general". Allí florecen discursos
ideológicos que atribuyen a las instituciones escolares una “misión” (palabra
con reminiscencias evangelizadoras) de “contención”.
Las dobles jornadas en los recintos escolares obedecen poco a necesidades pedagógicas y mucho a necesidades de los adultos de tener ocupados y supervisados a sus críos, a salvo de un mundo exterior que se construye como peligroso para su desarrollo.
Paradójicamente, estas extensas jornadas revisten costos que los adultos deben afrontar, seguramente aumentando las horas de trabajo remunerado y consecuentemente la“tercerización” de la crianza de sus hijos.
En otros casos, la extensión de la jornada escolástica es promovida y sustentada por los Estados, cuando sus agentes “diagnostican” que los progenitores de ciertas clases no tienen las capacidades o condiciones para asumir la formación de los infantes que excede a la escuela. Los costos son repartidos entre las clases que “sí pueden”.
Cuando se extiende la epidemia de
CoViD-19 y muchos Estados suspenden las clases, queda en relieve que
muchas sociedades han olvidado que la escuela es una institución donde los
recién llegados reciben el legado cultural que les permitirá devenir miembros
plenos.
Una segunda afirmación que quiero instalar refiere que educación no es igual a escuela. Ésta debería ser una parte del andamiaje que enseña, aprende y comparte cultura (en el más antropológico de los sentidos), una parte de la tarea social de educar.
Las familias deberían poder
dedicar más tiempo a estos menesteres. Ellas son parte fundamental de ese
andamiaje. La díada jornada laboral parental / jornada escolar infantil debería
cambiar. Para ello otras instituciones del andamiaje deberían ser potenciadas,
en un sentido fuerte de “cuidados”, un sentido feminista del “welfare”.
Las relaciones de trabajo son mucho más que el sostén de la producción de bienes para el consumo. Los trabajadores son también productores de humanidad, son progenitores (no apenas en sentido biológico), adultos que deberían cuidar y educar.
En la mayor parte del mundo occidental esto no es así (cabría explorar excepciones tal vez parciales en sociedades del norte de Europa). ¿Qué nos resta? ¿Qué nos quedó durante el período más duro de la “emergencia CoViD?
Primero, una improvisada
reconstrucción de aquellas viejas relaciones de solidaridad entre familias que,
ante el violento cese del ajetreo individualista cotidiano, pudimos acoger en
nuestros hogares al menos a un niño de amigos o vecinos que no podían parar,
pues sus servicios fueron considerados esenciales, o porque sus empleadores
fueron torpes o lentos para implementar alguna forma de trabajo a distancia (“smartworking” es un sustantivo
superfluamente adjetivado).
Segundo, el triste espectáculo –del
que fui parte como profesional- de la mal llamada “didáctica a distancia”. Por
razones de espacio retomaré este asunto en otra edición, tal vez, si no pierdo
una chancleta.
Luego, de cara ya a las
reaperturas, serenidad. Las hordas pseudoperiodísticas que sembraron el pánico
al inicio de la epidemia, ahora presionan ministros de educación para que
reabran escuelas a todo costo y más allá de todo riesgo. Argumentan que sin
escuelas funcionando el retorno de los adultos al sistema productivo está en
peligro. Remito al primer enunciado aquí sembrado sobre escuela y trabajo.
De nuevo, serenidad. Habría que
repasar la historia del movimiento feminista. El grito de “¡Abran las escuelas,
por las madres trabajadoras!” esconde una falacia. Remito, redundando, al
primer enunciado sobre escuela y trabajo, pero también al segundo: ¿por qué el
cierre de las escuelas afecta más a las madres trabajadoras que a los padres trabajadores?
Finalmente, frente a proyecciones
de niños detrás de pantallas de acrílico sin jugar en el recreo, o emulando el
aula detrás de una computadora sin la proximidad del maestro, ¿qué tal repensar
los significados con que estamos llenando el significante “educación”?[1], ¿qué tal explorar otras
escuelas posibles?
[1]
Estoy parafraseando: Mignolo, Walter, “Coronavirus y pensamiento decolonial:
Educación, Estado y Democracia”. In: www.lavaca.org
Concuerdo en lo central de la reflexiòn, querida Mabel. Las primeras escuelas de tiempo completo, al menos en Uruguay han sido los colegios privados de doble horario. El discurso (hasta colonialista en muchos aspectos) de los cuidados de niños y jòvenes de las "clases bajas", a quienes hay que "contener" antes de que se vuelvan peligrosos para sí mismos y la sociedad, vive en la base de muchos reclamos. Otra cuestión es la idea monstruosa de la maestra como "segunda madre" que deja a muchas primeras madres ahora indefensas viendo que hay algo más allá del maternaje/cuidado y que tiene que ver con la circulaciòn de la cultura. Me encantaría ver a qué te refieres con didáctica a distancia", sobre todo luego de tres meses de dar clases a diario frente a una pantalla.
ResponderBorrarabrazo
Gracias! Estoy dividida en mis reflexiones en chancleta, entre eso que se llamó -en mi opinión ligeramente- "didáctica a distancia" y otros emergentes relativos a la negación de las perspectivas de género en ámbitos parlamentarios, en particular a partir de la emergencia de un nuevo partido ultra conservador en Uruguay.
Borrar